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Sindicación

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Sostenibilidad local y sostenibilidad global.


Es el ámbito espacio – temporal de referencia el que da mayor o menor amplitud a la noción de sostenibilidad. En consecuencia, es necesario distinguir entre sostenibilidad global de la tierra y sostenibilidad local, que se refiere a sistemas o procesos más parciales y limitados en el espacio y en el tiempo.

La sostenibilidad local está destinada a converger con la sostenibilidad global, lo mismo que la sostenibildad a corto plazo está destinada a converger con la sostenibilidad a largo plazo. Hasta épocas muy recientes, no cabía separar sostenibilidad global y local. La clave estaba en evitar que la presión sobre el territorio de los usos y actividades de la población originara procesos de deterioro que hicieran dicha presión localmente insostenible.

Sin embargo, con la llegada de la industrialización y de las grandes conurbaciones, sostenibilidad global y local se separan. Las ciudades se convierten en los principales motores beneficiarios de los masivos flujos horizontales de materia, al tiempo que destinan los residuos a otros ecosistemas. Son los patrones de vida y de comportamiento locales quienes conllevan procesos industriales, extractivos, agrarios y de transporte insostenible.

La habitabilidad de las ciudades ha exigido mejoras locales en salubridad y abastecimiento de recursos, que se han tornado globalmente insostenibles y por tanto ponen en peligro los logros de calidad de vida obtenidos en el ámbito local. Es por ello que ambos aspectos han de tratarse conjuntamente: la versión local y a corto plazo de la sostenibilidad, ha de converger con la versión global y a largo plazo.

La sostenibilidad de las conurbaciones exige reavivar la conciencia colectiva en lo local y lo global, estableciendo un nuevo geocentrismo que evite que las mejoras locales se traduzcan en deterioros globales.

Costa_edificios.gifLas tres patas del desarrollo sostenible: economía, sociedad y medioambiente.

El desarrollo sostenible se sustenta en tres pilares fundamentales: el aspecto medioambiental (la sustentabilidad), el económico (satisfacción de necesidades, eficiencia y deseos humanos) y social (justicia distributiva y calidad de vida). Aunque estos tres componentes pueden y suelen estar en conflicto siempre y, especialmente, en la situación actual.

El desarrollo sostenible implica un cambio de modelo, consistente en reconstruir sistemas humanos que enlacen armoniosamente en los sistemas naturales, en integrar los sistemas humanos dentro de los sistemas naturales. Para ello es preciso conocer los principios de organización y funcionamiento de los ecosistemas naturales y adaptar el sistema social a dichos principios.

La naturaleza proporciona el modelo de una economía sustentable y productiva. Se trata de una economía cíclica, renovable, autoproductiva, sin residuos y sustentada en la energía solar. La naturaleza industrial es, por el contrario, de naturaleza lineal, pues los residuos no son recuperados nuevamente como materia prima. Para superar la crisis ecológica, el desarrollo económico ha de sustituir los insostenibles metabolismos lineales por los circulares.

En ese sentido, la sociedad sustentada en un sistema económico basado en el intercambio de bienes y capital debería replantear el uso de sus instrumentos, aprovechando mucho mejor los recursos que necesita y reduciendo la cantidad de residuos, fomentando su reutilización y reciclaje. Se hace necesario que el hombre transforme la principal fuente de energía del planeta, aquella que produce una menor entropía, la energía solar. De esta manera la sobre-explotación actual se vería reducida y los sistemas naturales serían respetados, perdurando en el tiempo.

Existen límites naturales que deben incorporarse a los planteamientos económicos de la sociedad actual, siendo el primero, la dependencia de procesos termodinámicos y fisiológicos emplazados bajo el signo del aumento de la entropía. Debido a la ley de la entropía, entre el proceso económico y el medio ambiente hay una relación dialéctica: el proceso económico cambia el medio ambiente de forma irrevocable y éste es alterado, a su vez, por ese mismo cambio también de forma irrevocable. Un segundo límite al desarrollo económico consiste en la finitud de las fuentes de recursos naturales y la limitada capacidad de los sumideros biosféricos para absorber y neutralizar la contaminación y los residuos.

Ceeradura.jpgLa única base firme del bienestar de las sociedades actuales es la solidaridad, aceptando que el crecimiento exponencial indefinido es imposible en un mundo finito. Es necesaria una asociación solidaria entre los hombres y del hombre con la naturaleza. Los sistemas económico-sociales han de ser reproducibles sin deterioro de los ecosistemas en los que se apoyan y sin deterioro de la calidad de vida de los seres humanos que poblamos el planeta. Es imprescindible pensar, además, en las generaciones futuras, respetando los límites de regeneración y absorción de los ecosistemas, para que puedan disponer de tantas opciones vitales como las generaciones actuales.

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Los actores sociales y sus posiciones ante el desarrollo sostenible.


Si la crisis ecológica actual tiene un origen social, también el logro del desarrollo sostenible es una tarea común que implica la participación de todos los ciudadanos. Pero las comunidades no son entidades homogéneas, se hallan constituidas por distintos tipos de actores, que ocupan posiciones dispares en la estructura social y que defienden intereses en conflicto. En términos prácticos y operativos, es posible distinguir varios tipos de actores con posiciones, responsabilidades, competencias y capacidades de cambio diversas de cara a la consecución del desarrollo sostenible.

Por una parte se encuentran las autoridades públicas, que, salvo contadísimas excepciones, desconocen tanto en términos globales como concretos cuáles son los principios fundamentales del desarrollo sostenible y qué implicaciones de participación social conlleva. La mayoría de ellos manejan una concepción ambigua, imprecisa o, en los casos más extremos, inexistente sobre la sostenibilidad. Asumen implícitamente planes de sostenibilidad que tiene que ver básicamente con la conservación de los espacios “naturales” (por ejemplo, parques y jardines o, incluso, los cultivos agrícolas intensivos, que son, a todas luces, ecológicamente insostenibles), con la limpieza de las ciudades, y con la disminución del ruido. El medio ambiente se identifica con los aspectos estéticos, de habitabilidad en el medio urbano y de conservación de la fauna y la flora local. Por lo general, no se vinculan estos planes con la necesidad de adaptar nuestro modo de producción, distribución y consumo a los principios físicos y ecológicos de funcionamiento del ecosistema natural de la biosfera.

Como consecuencia, el ámbito de la participación queda habitualmente circunscrito a los aspectos secundarios de las actividades locales que inciden en el desarrollo sostenible. El debate que se plantea no incluye cuestiones fundamentales, como el modelo de ciudad sostenible que se pretende, la relación del ecosistema urbano local con los ecosistemas a los que explota –la huella ecológica-, el modelo de desarrollo económico, el tipo de energías que se emplean. Y si se abordan estos temas, las propuestas se plantean generalmente en términos de propósitos o de objetivos sin la correspondiente planificación operativa y práctica.

Del mismo modo, se aprecia una concepción ambigua e imprecisa de la participación, que es percibida por la mayoría de los gobernantes como consulta, apoyo o complemento para ejercer el gobierno; e incluso como mecanismo justificador de decisiones tomadas con anterioridad por políticos y técnicos. Son escasísimos los casos en que se plantea como un proceso de implicación de los ciudadanos en la toma de decisiones, tanto en la determinación de los problemas como en las apuestas de planificación y en la ejecución y seguimiento de lo planificado.

Por lo que respecta a la ciudadanía, con la excepción de algunos ciudadanos especialmente interesados por estos temas -y frecuentemente vinculados de algún modo con las organizaciones o con el movimiento social ecologistas-, no se sabe tampoco qué es el desarrollo sostenible, ni cómo y para qué participar.

Como han demostrado numerosas encuestas, se ha producido un avance muy notable en la sensibilidad ecológica de los individuos, pero tal sensibilidad se ciñe a la adhesión afectiva a valores muy genéricos y confusos de carácter ecologista. Una adhesión que no va acompañada en la dimensión cognitiva de un conocimiento mínimamente preciso sobre los problemas medioambientales, sobre sus causas, responsabilidades y medios de corrección. Tampoco afecta, en el nivel de las conductas, a un cambio en los comportamientos cotidianos; ni repercute de manera significativa en la participación en asociaciones ecologistas ni en las actividades colectivas organizadas por tales asociaciones.

Lo que preocupa a los ciudadanos son los problemas locales vinculados con la habitabilidad y la calidad de vida en las ciudades. No se ha extendido aún una perspectiva global y de fondo que relacione los problemas medioambientales locales con las causas estructurales de los mismos, o que permita descubrir los problemas más importantes para la sostenibilidad local y global del desarrollo socioeconómico.

Son los técnicos de la administración pública y los grupos de expertos los que tienen las ideas más claras sobre el desarrollo sostenible, debido a su formación especializada en el área y por el papel protagonista que desempeñan en los procesos de participación ciudadana. Sin embargo, son todavía pocos los técnicos de la administración pública que trabajan en esta área, y su formación suele ser muy especializada, careciendo de la visión transversal e integral que supone el desarrollo sostenible. Además, en lo que atañe a la participación ciudadana, estos técnicos arrastran una pesada losa de carácter tecnicista y gestionista, que relega a los ciudadanos a un papel de simple colaboración para la mejora de los planes.

En todo caso, los técnicos y los expertos en el área, junto a las organizaciones y ciudadanos que constituyen el movimiento social ecologista, desempeñan un papel esencial de información, formación y movilización para promover acciones públicas, empresariales y ciudadanas orientadas al desarrollo sostenible.

Por último, el empresariado en general, con la excepción de los que pertenecen a la rama de la industria verde (paneles solares, energía eólica, etc.) sigue percibiendo la protección del medio ambiente como una amenaza a su proceso productivo y a la obtención de beneficios. Sólo por imposiciones legales (que suelen provenir por ejemplo de la UE y han sido trasladados a la normativa nacional y local); por las penalizaciones que acarrea el incumplimiento de las normas; o porque se contempla como una posibilidad de aumentar las rentas mediante la ampliación de mercado -“la imagen verde vende”-, se introducen criterios ecológicos en sus procesos productivos y en sus productos, que se acompañan con un claro componente publicitario. Y es que, sin negar el compromiso ecológico que va calando de modo paulatino en algunos sectores empresariales, especialmente en pequeñas empresas y comercios, es preciso advertir que la lógica económica del capitalismo que rige la organización empresarial en nuestras sociedades, sólo contempla los problemas medioambientales como externalidades negativas e inevitables de la producción y el consumo de bienes. Desde esta perspectiva, el desarrollo es simple desarrollo económico, crecimiento ilimitado, y el objetivo de la empresa es la creación de valor y el incremento de las rentas, al margen de cualquier preocupación o interés por la sostenibilidad de los ecosistemas naturales en los que se asienta la producción. Sin embargo, el sector empresarial es un actor básico e ineludible de cualquier planificación realista del desarrollo, por lo que debe ser incorporado de algún modo a dicha planificación.

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