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cabeza.jpgVisión
En los años transcurridos desde los atentados terroristas del 11 de setiembre de 2001, el mundo ha experimentado un extraordinario recrudecimiento de las Imagetensiones. En muchos países, la prioridad acordada a la seguridad nacional se está utilizando como una excusa para restringir los derechos y libertades de las personas, en tanto que la cuidadosa dedicación que requieren otras acciones conjuntas para solucionar grandes problemas, como la pobreza y la degradación ecológica de los ecosistemas marinos, ha perdido impulso. ¿Cómo puede la humanidad del siglo XXI desafiarse para superar las crisis de la época? Desde luego, no existen soluciones simples; pero, así y todo, debemos evitar caer en un pesimismo inútil e improductivo. Los problemas que enfrentamos son causados por los seres humanos lo que significa que tiene que haber una solución humana para superarlos.

La clave de todo está en la educación. Es perentorio incorporar la concepción de un diálogo entre los hombres y la naturaleza, de un humanismo que no se limite solo a lo humano. Si carecemos de la humildad de ver las señales del mundo natural –los cambios climáticos y la destrucción ambiental- y, desde nuestra arrogancia e insensatez solo reivindicamos los intereses y necesidades del hombre, los sistemas naturales marinos que nos sustentan colapsarán. Más aun, ningún esfuerzo destinado a convertir el nuevo siglo en una era de paz dará resultado, a menos que seamos capaces de expandir nuestra comprensión de los derechos hasta incluir los derechos del mundo natural.

ImageYa desde la segunda mitad del siglo XX, se oyen clamores cada vez más insistentes –tal como se documenta con gran cuidado in The Rights of Nature (Los derechos de la Naturaleza), de Roderick Nash-, que proclama que los derechos no son solo patrimonio de los seres humanos, y que nuestra comprensión de dichos derechos debería hacerse extensiva a los animales, las plantas e, incluso a la naturaleza inerte. Reconocer que la naturaleza no es un objeto de explotación, sino una depositaria de derechos representa un cambio fundamental para la civilización humana. Pese a la importancia de esa transición, o quizás, justamente porque su dimensión es tan abrumadora- todo lo que hemos hecho hasta el presente para encaminarnos hacia un entorno sostenible ha progresado con una lentitud desesperante. Prueba contundente de ello es nuestra respuesta a los cambios climáticos. La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático fue adoptada justo antes de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, realizado en Río de Janeiro, Brasil, en 1992.

En este milenio, todo aquello que a corto y a mediano plazo se relaciona con la crisis global del ambiente se ha convertido en parte del discurso político y económico de las naciones. No obstante, en un sentido más esencial, esa crisis debe ser tratada desde una perspectiva a largo plazo, como algo que amenaza con socavar las mismísimas bases de la supervivencia humana. Se considera que para detener el calentamiento global será necesario reducir el total de emisiones a la mitad. Es imprescindible,  por ende, que reconsideremos nuestro estilo de vida y los valores y estructuras fundamentales de la civilización contemporánea. Dada la naturaleza del largo y difícil camino hacia un mundo sostenible, es absolutamente crucial que nos pongamos en acción de inmediato, con una visión a largo plazo.

El aspecto realmente difícil y sobrecogedor de las crisis marina ambiental es que, aunque seamos capaces de detectar señales particulares y específicas de peligro, y podamos responder a ellas, no tenemos la posibilidad de predecir sus efectos más tardíos, dentro del contexto de un vasto sistema de interconexiones. El hecho de que requirió  trece años poner en vigencia la convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, gracias a la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto, es claro que la acción internacional se está rezagando irremediablemente ante el rápido avance de la degradación ecológica; a ese ritmo, la brecha solo conseguía hacerse más profunda.

globe.gifOceanógrafos Sin Fronteras tiene que prestar la más seria atención a las consecuencias mundiales de la pasividad a las diversas señales que indican cambios en el entorno global y ponernos en acción de inmediato, en los planos internacional, nacional y local, para cambiar el rumbo de la civilización humana, antes de que los desastres vaticinados se conviertan en realidad.

mundo ninos.jpgMisión

La gran transformación tecnológica que comenzó en el siglo XIX ha extendido la intervención humana prácticamente a todos los rincones del planeta. Desde entonces muchas voces han venido llamando la atención insistentemente, preocupadas por la intensidad del cambio y por el progresivo olvido de la relación ancestral que hemos mantenido con la naturaleza, así como de la obligación de transmitir a nuestros hijos el conocimiento que hacía esa relación posible.
Vivimos en una época de divorcio, de ruptura con Dios, de desunion de las personas, todo se ha vuelto fungible, y que fungibilidad universal es sin lugar a dudas los que se ha dado en llamar" el desierto del hombre". El hombre entonces, no abraza a la naturaleza, más bien no la fecunda, la esteriliza. La vuelta absoluta a la naturaleza sin más es una quimera, pero igualmente nefasta es la separación excesiva de la misma. En efecto, deberemos encontrar el equilibiro que nos proporcione el respecto del orden natural físico y el ajuste al orden natural moral. Santo Tomás enseña que el hombre es sociable por naturaleza, esto significa que siempre necesitamos inexorablemente del prójimo. Del mismo modo el hombre moderno deberá detenerse a observar su alrededor para comprender la magnitud del daño irreversible que le está causando a su prójimo, la naturaleza.

contaminacion cano.jpgEl orden natural nos invita a adaptarnos a su realidad, a respetarlo como condición de nuestra misma realización individual. Este orden podemos aceptarlo o rechazarlo en todo o en parte: esto constituye nuestra actitud ética fundamental; insertarnos o no en este orden, con la consecuencia inevitalbe para nosotros, en cada caso, de realizarnos, ser más nuestro ser, o definitivamente atomizarnos en la medida en que no respetamos ese orden. Nosotros todavía poseemos la espada de la palabra, del grito, de la denuncia y de la propuesta alterrnativa por otro mundo más justo y solidario.

Con la Declaración de Brundtland de 1987 se introdujo un nuevo concepto en asuntos humanos y medioambientales: "El desarrollo sustentable es un desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer las posibilidades de las futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades". En esta definición, citada con frecuencia, está implícita la idea de que el medioambiente natural enfrenta presiones y sobreexplotación, y no podrá satisfacer indefinidamente las crecientes demandas de la humanidad.

Si la sostenibilidad implica una interrelación entre los problemas de consumo y pobreza con la contaminación, degradación de los recursos y los conflictos marinos, las soluciones van a requerir de vinculaciones novedosas. Con relación a la sostenibilidad, la ciencia marina no puede existir en un vacío, sino debe interactuar con las políticas, con cuestiones de la gobernabilidad que afectan la vida diaria de los pueblos. Los factores económicos estructuran cómo, dónde y cuánto el medioambiente marino puede ser explotado. La comunicación entre diferentes sectores –que muchas veces existen como unidades compartimentadas —es crucial. Los científicos marinos ya no pueden sentirse felices sólo con hacer "buena" ciencia; el debate y la persuasión devienen partes del papel del científico.

Hace sólo 50 años el Océano era todavía en gran parte un espacio natural virgen. Hoy día, sin embargo, la sobrepesca y la contaminación, que en proporción más o menos del 80 por ciento procede de actividades terrestres, son una amenaza para la salud de los océanos, en particular las zonas costeras, que son las más productivas del medio marino.

hinundaciones.jpgEl accionar del hombre fue siempre insignificante, comparado con la magnitud del ecosistema marino, todo era compensado por la naturaleza. El mar y la atmósfera se comportan como infinitos, deglutiendo los subproductos indeseables de la actividad humana. Pero nos volvimos demasiados poderosos. Somos muchos y manejamos energías capaces de alterar equilibrios naturales. EL uso nacional y el manejo de ecosistemas esta en primera línea desde hace años. Actualmente estamos experimentando la fragilidad de los equilibrios marinos, la respuesta nos las dan los Mares Indico y Báltico, casi muertos, el Mar del Norte,  cuyos recursos piscícolas declinan trágicamente, el Mediterráneo gravemente afectado y los arrecifes agonizantes del mundo entero.

Uno de los problemas más graves que se presenta en la actualidad es el hambre, que no es sólo la necesidad de comer sino que, como lo definen los técnicos en alimentación y salud, es la "privación continua de alimento suficiente que impide llevar una vida sana". Según los datos del Consejo Mundial de la Alimentación, de los 6000 millones de habitantes que tiene el planeta; cada año mueren, por causas relacionadas con el hambre, entre 40 y 70 millones; de éstos 15 millones son niños; lo que significa que cada día mueren por hambre 40 mil niños. En el esfuerzo que la humanidad tiene que desarrollar para producir alimento, el océano, que ocupa cerca del 75 por ciento de la superficie de la tierra, ofrece grandes posibilidades, ya que en él se desarrolla un gran número de seres vivos.

Según la FAO (2005), alrededor del 50 por ciento de los recursos de la pesca marítima de todo el mundo están completamente explotados, el 25 por ciento está sometido a explotación excesiva y alrededor del restante 25 por ciento podría resistir porcentajes de explotación más elevados. A pesar de la alerta, la tendencia hacia el aumento de la pesca excesiva, observada a principio de 1970, todavia no se ha invertido.

monedas euro.jpgEl mundo debería replantearse la manera en que se está midiendo el crecimiento económico. Durante mucho tiempo las prioridades de desarrollo se han centrado en lo que la humanidad puede extraer de los ecosistemas, sin pensar demasiado sobre como afecta esto la base biológica de nuestras vidas. Se puede decir que ha habido un progreso muy limitado en la reducción de la pobreza en los países en desarrollo, y la Globalización, por si misma, no ha beneficiado a la mayoría de la población mundial. En general, los intentos por impulsar el desarrollo humano y para detener la degradación del medio oceánico, no han sido eficaces durante la pasada década. Los escasos recursos, la falta de voluntad política, un acercamiento no coordinado, y los continuos modelos derrochadores de producción y de consumo han frustrado los esfuerzos de poner en ejecución el desarrollo oceánico sostenible, o el desarrollo equilibrado entre las necesidades económicas y sociales de la población, y la capacidad de los recursos oceánicos y de los ecosistemas para resolver necesidades presentes y futuras.

El sistema socio-económico actual es completamente ignorante de los requerimientos de la biosfera para mantener la calidad de las aguas y del aire y hacer de la superficie del planeta un lugar adecuado para la proliferación de la vida. Olvidamos casi siempre que nuestras proteínas y los mecanismos celulares son los mismos para todos los mamíferos, que nuestro cuerpo es, en realidad, una colmena de organismos, microscópicos o no, que entran y salen de ella. Que somos, en suma, biosfera.

Nos hemos olvidado de todo eso y creemos, aunque no en teoría pero sí a todos los efectos prácticos, que la naturaleza es un decorado que adorna el mundo que nosotros hemos creado. Probablemente esa sea la razón por la que la civilización actual ha desarrollado la falsa y extendida concepción de que los humanos debemos cuidar a la naturaleza, como si de algo externo a nosotros se tratase. Coherentemente con esa percepción ha aparecido la educación ambiental y el desarrollo sostenible, encargados de promocionar esos cuidados.

En este milenio nuestras sociedades, instituciones, valores, percepciones, continúan anclados en los presupuestos del "progreso" según ellos quedaron definidos por las sociedades industriales. El Informe Brundtland, cualesquiera que sean las insuficiencias que pueda encontrársele, constituyó un rudo golpe a las premisas en las que hasta entonces suponíamos anclado el progreso: vivimos en un mundo de recursos finitos que hoy explotamos con tecnologia. A partir del Informe Brundtland se abrió el debate sobre la necesidad de un cambio hacia un paradigma de desarrollo más sensible de los límites del medio ambiente.

Hemos desarrollado una tecnología que ha irrumpido en el sistema natural, sin preocuparnos lo más mínimo de las posibles distorsiones que pueda ocasionar y sin que diseñemos al mismo tiempo los procedimientos para amortiguarlas. Eso es simplemente un hecho y no una acusación. Lo que ha ocurrido es que los medios sociales, económicos y tecnológicos que hemos diseñado son de tal complejidad, que han absorbido todas nuestras capacidades y no han quedado fuerzas para abordar un universo natural muchísimas veces más complejo que el nuestro. Sin embargo, ahora no podemos, si no es a costa de arriesgar nuestra cultura y quizá la supervivencia de amplios sectores de la humanidad, seguir desarrollando tecnologías avanzadísimas, modificar en grado sumo los ecosistemas, sin adquirir al mismo tiempo las capacidades necesarias para comprender lo que hacemos y saber hasta dónde podemos hacer qué. Si estamos desactivando mecanismos que venían funcionando desde siempre y que estaban destinados al manteniendo y la optimización de la viabilidad vital del conjunto, debemos también aprender a hacernos responsables de garantizar ese funcionamiento. Tenemos que cambiar la dirección de los esfuerzos y tenemos que cambiarlos ya.

Es cierto que los avances tecnológicos y de organización social están optimizando el esfuerzo del colectivo social, representado por el dinero, pero ello difícilmente explica el tremendo despegue en bienestar y en lujos de ese veinticinco por ciento de humanos que habita en mundos urbanos de ensueño. Curiosamente, ese bienestar coincide en el tiempo con una explosión de la población, con un empobrecimiento de grandes sectores, fuera y dentro de los países más desarrollados, con una peligrosa degradación de los ecosistemas, con una contaminación galopante de las aguas y con una contaminación atmosférica que está incrementando, de forma apreciable en los últimos quince años, el calentamiento global que venimos experimentando desde hace más de un siglo. El que nos neguemos ciegamente a considerar que esos factores están íntimamente relacionados entre sí, y tratemos de camuflarlos bajo explicaciones rocambolescas de macroeconomía y política, no quiere decir que esa interdependencia no esté ocurriendo. Difícilmente podemos hablar de desarrollo sustentable sin una modificación sustancial de los parámetros que ahora constituyen la base del sistema. Por otra parte, hoy todos sabemos que vivimos sobre un planeta, en una gigantesca nave espacial que es limitada y que viaja por el universo. Hemos comenzado su exploración, aunque los fondos oceánicos sigan tan desconocidos como lo era su faz hace unos pocos siglos.

Oceanógrafos Sin Fronteras esta dando el primer paso para formar una comunidad internacional de comunicadores del Desarrollo Marino  Sostenible -lo cual sin duda, nos ayudara en nuestro mundo a alcanzar nuestras metas de desarrollo sostenible, conservación de la diversidad biológica y de la naturaleza, a luchar contra la pobreza y al bienestar humano y animal.Las ruinas de culturas desaparecidas constituyen una suerte de "caja negra" que nos permite conocer por que un día aquello que floreció en el pasado pudo desaparecer no como resultado de los conflictos bélicos en que se involucraron y de intervenciones militares externas –como le ha ocurrido a algunas- sino a manos de sus propios presupuestos y lógica de desarrollo. Los monumentos de la Isla de Pascua y las ruinas de Tiahuanaco en Bolivia contienen un mensaje para civilizaciones venideras: los presupuestos del paradigma de desarrollo que en un momento dado puede proveer bienestar puede conducir a largo plazo a minar de manera irreversible las bases que los sustentan.

El hombre moderno ha roto todo vínculo con la naturaleza sin respetar los principios del orden natural llegando así a un estado de cosas tal donde el punto de retorno se toma cada vez más dificultoso. Para la búsqueda de esa perfección de la que hablaban los antiguos, el hombre debe restaurar los lazos que lo unen con la naturaleza física y con el contorno institucional, enriquecido por la tradición espiritual y cultural.